Mostrando las entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

La abeja haragana /Cuento

Cuento de Horacio Quiroga (1878 - 1937)

Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.

Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.

Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos de rozar contra la puerta de la colmena.

Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:

--Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.

La abejita contestó:

--Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.

--No es cuestión de que te canses mucho --respondieron--, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.

Y diciendo así la dejaron pasar.

Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:

--Hay que trabajar, hermana.

Y ella respondió en seguida:

--¡Uno de estos días lo voy a hacer!

--No es cuestión de que lo hagas uno de estos días le respondieron-- sino mañana mismo. Acuérdate de esto.

Y la dejaron pasar.

Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:

--¡Sí, sí hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!

--No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido --le respondieron--, sino de que trabajes. Hoy es 19 de abril. Pues bien: trata de que mañana, 20, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.

Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.

Pero el 20 de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.

La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calientito que estaría allá dentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.

--¡No se entra!--le dijeron fríamente.

--¡Yo quiero entrar! --clamó la abejita--. Esta es mi colmena.

--Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras --le contestaron las otras--. No hay entrada para las haraganas.

--¡Mañana sin falta voy a trabajar! --insistió la abejita.

--No hay mañana para las que no trabajan --respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.

Y esto diciendo la empujaron afuera.

La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.

Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.

--¡Ay, mi Dios! --clamó la desamparada--. Va a llover, y me voy a morir de frío.

Intentó entrar en la colmena.

Pero de nuevo le cerraron el paso.

--¡Perdón!--gimió la abeja--. ¡Déjenme entrar!

--Ya es tarde--le respondieron.

--¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!

--Es más tarde aún.

--¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!

--Imposible.

--¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:

--No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.

Y la echaron.

Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.

Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.

En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacía tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.

Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por esto la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:

--¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.

Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo:

--¿Qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.

Es cierto --murmuró la abejita--. No trabajo, y yo tengo la culpa.

--Siendo así --agregó la culebra, burlona--, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.

La abeja, temblando, exclamó entonces:

--¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.

--¡Ah, ah! --exclamó la culebra, enroscándose ligero--. ¿Tú conoces bien a los hombres? ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes, son más justos, grandísima tonta?

--No, no es por eso que nos quitan la miel --respondió la abeja.

--¿Y por qué, entonces?

--Porque son más inteligentes.

Así dijo la abejita. Pero la culebra se echo a reír, exclamando:

--¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer; apróntate.

Y se echo atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:

--Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.

--¿Yo menos inteligente que tú, mocosa?-- se rió la culebra.

--Así es-- afirmó la abeja.

--Pues bien-- dijo la culebra--, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.

--¿Y si gano yo?-- preguntó la abejita.

--Si ganas tú --repuso su enemiga--, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?

--Aceptado-- contestó la abeja.

La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:

Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra. Los muchachos hacen bailar como trompas esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.

--Esto es lo que voy a hacer --dijo la culebra--. ¡Fíjate bien, atención!

Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco. La culebra reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:

--Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.

--Entonces, te como --exclamó la culebra.

--¡Un momento! Yo no puedo hacer eso; pero hago una cosa que nadie hace.

--¿Qué es eso?

--Desaparecer.

--¿Cómo? --exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa--. ¿Desaparecer sin salir de aquí?

--Sin salir de aquí.

--¿Y sin esconderte en la tierra?

--Sin esconderme en la tierra.

--Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida --dijo la culebra.

El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.

La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:

--Ahora me toca a mí, señora Culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres" búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!

Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente: "uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.

La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho? ¿Dónde estaba?

Una voz que apenas se oía --la voz de la abejita-- salió del medio de la cueva.

--¿No me vas a hacer nada? --dijo la voz--. ¿Puedo contar con tu juramento?

--Sí --respondió la culebra--. Te lo juro. ¿Dónde estás?

--Aquí --respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.

¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraron, ocultando completamente al insecto.

La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida. La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.

Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared mas alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.

Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.

Nunca jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calientita, y lloraba entonces en silencio.

Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.

Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:

--No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, si hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos --la felicidad de todos-- es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

http://es.geocities.com/cuentohispano_zip/texto/quiroga_abeja.html

Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos

Texto del escritor Juan José Arreola (Jalisco, 1918 – 2001)

Estimable señor:

Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)
Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.
Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy alto su marca de fábrica. Me prometió, en suma, un calzado flamante.
Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente y me descalcé para comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitaron mis esfuerzos infructuosos.
Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las personas, mis pies están hechos de una materia blanda y sensible. Me encontré ante unos zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se las arregló usted para dejar mis zapatos inservibles. Allí están, en un rincón, guiñándome burlonamente con sus puntas torcidas.
Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar cuidadosamente el trabajo que usted había realizado. Debo advertir a usted que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y flexibles eran.
Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me habían servido fielmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte de mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba a mi paso firmeza y seguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable y resistente. Sólo que daban ya muestras de fatiga. Las suelas sobre todo: unos amplios y profundos adelgazamientos me hicieron ver que los zapatos se iban haciendo extraños a mi persona, que se acababan. Cuando se los llevé a usted, iban ya a dejar ver los calcetines.
También habría que decir algo acerca de los tacones: piso defectuosamente, y los tacones mostraban huellas demasiado claras de este antiguo vicio que no he podido corregir.
Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos. Esta ambición no me parece censurable: al contrario, es señal de modestia y entraña una cierta humildad. En vez de tirar mis zapatos, estuve dispuesto a usarlos durante una segunda época, menos brillante y lujosa que la primera. Además, esta costumbre que tenemos las personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco, el modus vivendi de las personas como usted.
Debo decir que del examen que practiqué a su trabajo de reparación he sacado muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no ama su oficio. Si usted, dejando aparte todo resentimiento, viene a mi casa y se pone a contemplar mis zapatos, ha de darme toda la razón. Mire usted qué costuras: ni un ciego podía haberlas hecho tan mal. La piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes de las suelas son irregulares y ofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad, usted carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto indefinible. Recuerde usted, gastados y todo, conservaban ciertas líneas estéticas. Y ahora...
Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una caverna siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y de pronto un tope; algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar a la punta. ¿Es posible? Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son como los suyos, si es que acaso usted tiene extremidades humanas.
Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor a su oficio y es cierto. Es también muy triste para usted y peligroso para sus clientes, que por cierto no tienen dinero para derrochar.
A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no soy mezquino. Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos para infundirle respeto por ese oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con alegría en un día de juventud... Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos, tiene tiempo para volver a comenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de calzado.
Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan a ser los de antes, que no trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino para poner en práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han quedado irremisiblemente burladas en mis zapatos.
Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con dedicación y esmero mis zapatos infantiles. Pero esta carta no debe catequizar a usted con ejemplos.
Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio.
Yo le prometo que si mis pies logran entrar en los zapatos, le escribiré una hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como hombre cumplido y modelo de artesanos.

Soy sinceramente su servidor.

FIN

Un pacto con el diablo

Cuento de Juan José Arreola

Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

-¿Siete nomás?

-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

-El diablo.

-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.

-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

-Entonces el diablo...

-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

-Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:

-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

-Siendo así...

-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.

Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:

-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?

-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.

-¿Y si Daniel se arrepiente?...

Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:

-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces...

-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.

-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.

-¿Qué dice usted?

-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.

-Por ejemplo... -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.

-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.

A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.

-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.

-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.

-Usted, ¿cumpliría?

No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!

Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.

Hice un esfuerzo y dije:

-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.

-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?

-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.

-¿Su alma?

Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:

-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.

No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.

Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.

-Usted, ¿es pobre?

Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:

-Usted, ¿es muy pobre?

-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero.

Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.

-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?

-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo. -Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.

-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.

-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra...

-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina...

-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida...

Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:

-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo...

Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:

-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.

Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:

-Aquí, en la cartera, llevo un documento que...

Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?

Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.

"Daría cualquier cosa porque nada te faltara." Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:

-Trato hecho. Sólo pongo una condición.

El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:

-¿Qué condición?

-Me gustaría ver el final de la película -contesté.

-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.

La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:

-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.

Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:

-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.

-¿Me da usted su palabra?

-Sí.

Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.

En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.

Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.

Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:

-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?

La mujer respondió lentamente:

-Tu alma vale más que todo eso, Daniel...

El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla. Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle. Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.

Paulina me esperaba.

Echándome los brazos al cuello, me dijo:

-Pareces agitado.

-No, nada, es que...

-¿No te ha gustado la película?

-Sí, pero...

Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:

-¿Es posible que te hayas dormido?

Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté: -Es verdad, me he dormido.

Y luego, en son de disculpa, añadí:

-Tuve un sueño, y voy a contártelo.

Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho. Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

FIN

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/arreola/pacto.htm

El coronel (1955) /Parte III y última

Cuento de Ricardo Garibay

Sembraba a medias, y algunas tardes recorría a caballo sus tierras y las vecinas. Iba con sus hijos mayores y les explicaba las siembras, las lluvias, las buenas y malas épocas del año, la faz del cielo; les hablaba de batallas en que estuvo y de vidas y muertes fabulosas, de regiones distantes. Sueltas las riendas, iba envidiando terrenos e imaginando sembradíos mientras mordía alguna fruta cortada al paso.
Le gustaba soñar mirando el campo. Mucho de su sabiduría seguro que lo sacó de tales caminatas y de otras que hizo, siendo mozo, por las afueras de los pueblos. De éstos aprendió a vivir sin prisa; y calladamente de mirar el cielo y saber de estrellas y de misterios astronómicos.
Su saber iba desde el cuarto de estudio hasta la labor y el grado militar; si le gustaba salir a ver las tardes, también se desvelaba en su biblioteca noche a noche; su experiencia metía mano en los libros tanto como en los días; y tal vez a esto debió no equivocarse nunca al juzgar a los demás; no halló, entre las buenas, cosa indigna de aprenderse, ni entre los hombres uno a quien no escuchara; sus sombríos ojos buscaron siempre qué recordar; no hubo fuente donde él no se detuviera: así no conoció camino fatigoso; manaba frescura su peregrinaje.
La biblioteca era su remanso; releía paciente ciertos libros y consultaba, llegado el caso, el resto. Y a mi padre le predicaba: "No hay que investigar mucho"-porque temía los peligros del pensamiento-; y: "No hay que andar en riesgos" -porque conocía los de la vida diaria.
Lo claro estaba en el mundo y había que verlo recelosamente; lo que no estaba en el mundo era el Misterio, que debía de considerarse con devoción y humildad. En este vaivén su vida fue la del que se siente feliz de haber hecho su casa, sus hijos y sus maneras. Si al abrir la ventana soplaba el aire, él lo aspiraba dichoso, agradecido. Me lo imagino con todo esto a cuestas paseando por los caminos, contemplando el casal de la provincia, sus ropas de lino llenas de viento, sus manos anudadas a la espalda. Quien lo haya visto entonces, supo que era hermoso aquel coronel reposado y andariego, de espíritu tan duro y tan flexible y de condición tan levantada y tan mansa.
Aquellas cabriadas tardes se alternaron con tardes violentas y azarosas en que hubo de batallar encerrado o a medio campo. Tardes en que no había modo de hablar de vida ni de muerte. Tardes de vida o muerte. No había entonces ensoñación ni prédicas camineras; sí noticias atropelladas, balbucientes, repiqueteos telegráficos, correos, señales sobre los cerros, recados garrapateados, pláticas suspendidas para correr a dar disposiciones, caminadas, acampamientos.
-"Querido amigo: En este momento, que son las once y cuarto, le pongo las líneas que ve para que me entere del enemigo. Nosotros estamos listos y esperándole." -"Recado: Vamos mal; la plaza cayó por haberla traicionado el alférez del primer cuerpo de caballería de Castitlán, que allí estaba. Deme alcance en las afueras que ya voy de huida." -"Señor coronel en jefe, etc.: Será usted atacado por la parte de arriba; ahora, que son las tres, ya estamos en marcha. Aguarde confiado." -"Don José: La gente lista, a los tiros véngase." -"Estamos desde las seis de la mañana en combate hasta ahora, que son las 10 de la noche. Ya se imagina y Dios lo traiga a tiempo..." Siempre salía mi abuelo de estampía, entre las voces ahogadas de la casa. -"¡Recen!" Su esposa se consumía, y en sus hijos iba apareciendo la gana de ser soldados.
Tenía treinta y un años y era jefe de la guarnición en Xochimilco cuando ocurrió que vino el sargento, desencajado, preguntando: "Mi coronel, ¿usté mandó ensillar la caballada?" "No, yo no he ordenado". "Pues ai está la tropa, alborotada con los caballos". "¡Vámonos, qué esperas!" -dijo cuando el "viva Porfirio Díaz" tronó en la plaza. El sargento se movió ligero, pero los otros más, y hubieron de encerrarse en el cuartel. (Ocupaba la presidencia Sebastián Lerdo de Tejada y se iniciaba la revuelta de Díaz.) Adentro, ellos dos y mi abuela y su hijo Miguel; afuera, galopando hacia el cuartel los sublevados. Mi abuelo y el sargento -a caballo, pistolas en manos- se colocaron tras el portón; mi abuela, agarrada de la tranca.
Así esperaron hasta que los hombres estuvieron muy cerca, cuando él gritó: "¡Abre la puerta, Ángela!" Y salieron abriendo un callejón de sangre inesperada.
Llegaron a Tláhuac medio ahogados, tomaron fuerzas y regresaron cuando la ebria plebe festejaba su triunfo. De ésta salió sin un rasguño; y de la de Malinaltenango también, pero por mayor milagro. A la postre cayó Lerdo de Tejada, y él vagó dos años sin empleo. Sembraba, llevaba negocios mínimos, escribía en los diarios de provincia; hasta que valido de una buena amistad se hizo enviar como jefe político a Hidalgo. Allí, en Molango, conoció a don Domingo Ortega y le disputó los honores de una velada, hace más de cien años. Don José de Jesús y don Domingo hablaron una noche, leyeron sus poemas bajo las lámparas de una casa de Molango; sus hijos habían de casar mucho tiempo después, y el hijo de sus hijos había de contarlo. Tal vez en esto no haya ningún misterio, pero me gusta contemplar a gran distancia sus caminos, que horadan la maleza para juntarse un momento y separarse y desembocar al valle y hacer uno solo, que viene a dar conmigo. Pero lo de Malinaltenango merece contarse: Persiguiendo a los rebeldes les cayó la noche. Durante la mañana se habían batido avanzando, y en la tarde empezaron a perseguirlos. Pero aquellos conocían mejor la sierra y les ganaron mucho terreno, así que decidieron parar llegando a una aldehuela, para que los hombres comieran y se enfriaran los animales. Allí, quién se agenciaba unas gordas, quién se curaba, quién echaba un sueño. Se desparramaron por las casitas en busca de potaje, calor y otras cosas que en tales ocasiones se encuentran. La tranquilidad se vio herida por voces fuertes, resonar de cascos, brillos de armas. Mi abuelo se encaminó al curato acompañado del teniente coronel Rangel. Era tiempo de aguas y ambos llevaban mangas de hule blanco. El padre les dio cena y plática y las no­ticias que buscaban. Vino el asistente con que "ya estaba chispeando y algunos emborrachándose"; llevó la orden de cinchar y regresó avisando que la tropa estaba en marcha. Afuera llovía a torrentes. Se cubrieron despidiéndose, montaron, y se alejaban cuando mi abuelo vio que les habían cambiado las mangas por otras, negras; regresó violentamente. "Yo las mandé cambiar -dijo el cura-; he sabido que hay hombres apostados en el ca­mino para tirarles a las mangas blancas, y como la noche está muy cerrada ustedes no llegaban ni a la salida." Dióle las gracias y galopó gritando las órdenes hasta colocarse a la cabeza. Oscurísima noche, subiendo y bajando lomas. El campo, una masa negra, compacta, llena del escándalo del agua que volvía las blasfemias con el fragor de los caballos. A veces encontraban pequeñas torrenteras, allí se hundían las bestias hasta las panzas, pataleando penosamente. El Coronel se detenía, gritaba en la oreja del asistente algo, y éste lo repetía trotando hacia atrás; la columna se paraba, apretaba el paso o se dispersaba para reunirse más adelante. Se acercaban a la barranca de Malinaltenango. "Una hora para bajarla y otra para subirla -cuenta mi padre-, y eso llegando fresco." Debían trasponerla antes que las avenidas la inundaran. Se forzaba la marcha a tientas, por entre breñales. A ratos se espesaba la maleza, a ratos se abría en lomeríos que los hombres iban adivinando conforme avanzaban. Llegaron a una puerta de golpe. Estas puertas marcaban los límites de las propiedades y siempre están abiertas; aquélla, cerrada. Estaban al principio de la barranca, en una hondonada, y habían de subir para alcanzar la puerta, tras de la cual se descendía. El Coronel vio aquello recelosamente. Mandó hacer alto, se aproximó un poco y regresó: "Está cerrada. Me lo temía; nos cerraron la puerta y allí han de estar, y nosotros aquí metidos". Los caballos bufaban, pegaban con las pezuñas en la tierra lodosa, se movían nerviosos. Los hombres se acomodaban, se doblaban sobre la silla para arreglar algo, escudriñaban la lluvia. Muchos tenían las armas listas; otros, desmontados ya, se tumbaban a la vera esperando las balas. El Coronel retenía el caballo con fuerza mirando la puerta; sus ojos eran una raya negra, muy ancha bajo el sombrero. Tronaron las balas y se movieron con presteza los soldados. Venían las balas de arriba y de enfrente, tupidas, ensordecedoras. "¡Barragán!" Corrió el asistente. "Hay que abrir esa puerta, Barragán, o nos acaban." "Nomás me aguanta jefe y ahora pasamos." Dijo el otro, desenvainó el machete, desmontó y echó a correr casi a gatas metiéndose en el lodo. A los pocos metros ya no lo vieron. Esperando y disparando. Volvió el asistente. "Ora sí jefe." "Ora sí muchachos" -gritó mi abuelo y se lanzaron a la cerca. Gritos y maldiciones, estampidos, golpes, galopes, relinchos, y el aguacero con sus truenos. Zumbó el peligro en las orejas de mi abuelo. Le venía de un lado. Se volvió disparando. No veía. Siguió disparando. Unas abejas roncas le calentaban las sienes. Se le acabó la carga de la pistola. En ese momento vio detrás de un árbol a un hombre semidesnudo, cazándolo. Arrojó el revólver y se buscó a tientas: nada. No podía avanzar inerme, ni retroceder, porque peleaban por todas partes; no distinguía a los que lo rodeaban. Palpó la silla moviendo siempre su montura, agachándose, clavando los ojos en el que aparecía y desaparecía detrás del árbol. Recordó de pronto que en las cantinas traía dos viejísimas pistolas belgas de un solo tiro. Llevó el brazo abajo, golpeó rabioso buscando, halló una, la sacó, y clavando las espuelas se fue sobre el hombre con el gatillo apretado ("suerte, la pura suerte"). El otro cayó junto al tronco, y él regresó con su gente, que ya perseguía al enemigo por la barranca. El alba los encontró en la subida, no a todos, poco habladores y cubiertos de lodo y de cansancio.
Así era el hombre que yo no conocí.

FIN

Fuente: Cuentos mexicanos inolvidables, Tomo II, Asociación Nacional de Libreros, A.C., México, 1994, pp. 163-180.

El coronel (1955) /Parte II

Cuento de Ricardo Garibay

Caminaban adormecidos y tristes. El Jefe clavaba la barba en el pecho, y a compás de su paso soñaba viendo los campos que tanto amó. Sólo uno vigilaba rumiando el amargor del castigo... Se quejaba el de las andas. Los soldados van pisando un reguero de sangre a cada paso más oscuro: "¡Jefe!" Éste se para y se vuelve y se lanza a la camilla y se agacha y cuando se endereza sus ojos son dos rendijas negras que clavan a los peones. Los peones se miran, miran a los soldados y los soldados se asoman y se levantan demudados mirando al Coronel cuyo semblante es una máscara y cuyos labios blancos tiemblan. Uno de los que cargaban tiene la cabeza gacha: la levanta y como que se asoma al río y al paisaje que ha quedado atrás, bizquea mirando de reojo y co­mienza a balbucir. Dejan la camilla a un lado, aparta mi abuelo a aquél, lo para contra los troncos, y allí, bajo los eucaliptos, en la tarde de no sé cuándo, ya cayendo el sol que lamía las laderas lejanas, junto al río rumoroso y con el viento entre las ropas ligeras, ordena y lo fusilan... La pesadumbre los detiene un rato. Entierran a los muertos junto al camino y regresan. Y me decían: "Es que el peón, andando, le había clavado un puñal en las costi­llas, por debajo de la lona".
De niño fue al seminario. Nadie ha dicho más; apenas que allí aprendió el latín y que sacó aficiones como la de las letras y la astronomía. Tenía mucho de religioso pues era en cierto modo un poeta, aunque era algo hereje y po­co amigo de liturgias. La gente de la Iglesia lo estimaba y se dolía por él. Pienso que en estas cosas él puso escasa atención: sus hijos siguieron caminos de anarquía o ca­minos de sequedad, y sólo dos hallaron el camino.
A los treinta años era periodista y secretario del go­bernador del Distrito. Entonces casó con doña Ángela Zendejas y Serrano y comenzó la vida que a mí me han contado.
Iba de pueblo en pueblo la familia creciendo en hijos, criados y animales, de tal manera, que cierta vez en una estación se acercó una mujer a preguntar si era panora­ma o pantomima lo que llegaba. En el panorama, alqui­lado cualquier jacalón, se mostraban vistas de a tlaco, y en la pantomima había cirqueros y titereros. Mi abuela prefirió vender los muebles e improvisarlos con cajones en cada lugar. Yo me regocijo imaginando el barullo de aquella gente, que ahora es tan respetable. Cada quien cargaba con algo bajando del tren, si en tren habían lle­gado, porque todos tenían cosas de su afecto que a nadie confiaban, íbanse derecho a la casa tratada desde antes, se amontonaban, y al día siguiente los muchachos traían noticias de todo el pueblo, y todo el pueblo las llevaba de ellos. Otras veces el viaje se hacía en distinta forma. El gobernador "considerando su actividad y eficacia y de­más circunstancias" que concurrían en mi abuelo, lo nombraba jefe político de algún sitio inaccesible. Ale­gría general, menos para mi abuela -que debía reco­menzar su hogar entre gentes desconocidas-. Él partía de inmediato para encargarse de su empleo y preparar la recepción. En la casa, el trajín: madrugadas, carreras, gritos, quemazón de cosas viejas, venta de animales, vi­sitas qué hacer y recibir, disposiciones, valijas, compras, recados, telegramas, propios, comidas apresuradas donde reinaba el mayor libertinaje, alquiler de bestias, rumores de martillos, serruchos, reatas, papeles, mantas, tejamaniles; piezas desmanteladas y sonoras, montañas de cajas y bultos, patios ahogados de escombros, pare­des solas y descoloridas donde vagaban las huellas de los cuadros, dineros, regalos, noches pasadas sobre petates y sobre colchones desahuciados, cuentas con los sirvientes, enfermedades de última hora, llegada de los peones, acomodo del equipaje, sorbos de café caliente al alba, revisión de muchachos, impaciencia de las mulas, clamor de vacas y gallinas y perros y venados, ires y venires, órdenes y disgustos, necesidades postreras, rechinar de troncos en el corral... y salida por el portón ¡hacia la sierra! entre la neblina azul y los adioses de vecinos que habían llegado a despedirlos. Allá van: los libros por de­lante en cajones de madera, sobre las mulas -"olvidaba un hijo, pero un libro, nunca"-; luego los cuatro hijos que se seguían en edad al primogénito, a caballo; luego los pequeños, en andas, en sillas de mano, "a lomo de in­dio"; luego la esposa con el menor, cargados entre cuatro; luego los criados con la comida del camino; luego más mulas, con el equipaje; luego los animales; luego la escolta; y recorriendo la columna constantemente, sol­dados, y medio kilómetro adelante, soldados, y mandan­do, un capitán responsable ante el señor de aquella caravana.
Llegaban a alguna ranchería donde les espera­ba el refrigerio o la sopa caliente. Se deshacía la hilera, se aflojaban las cargas, se recontaba, se descansaba una hora, y vuelta a subir y bajar barrancos ya con la lumbre del mediodía. Al atardecer, el alborozo se convertía en plañido; empezaban a dolerse, el polvo les comía las gargantas. La esposa desde hacía rato estaba alerta, agu­zando el oído, incorporada en su silla, y lo advertía mu­cho antes que los demás: "¡Ya vienen!". Todo el mundo se enderezaba reanimándose: "¡Ya vienen!" Pero nada oían. Algunos intentaban adelantarse; la impaciencia y la gritería asustaban a los caballos; apretaban el paso. Nada. El capitán regresaba: "No se ve nada". "¡No hay nada!" -que era como aflojar de nuevo el ánimo. De pronto: "¡Sí, ya oí, ya oí, ya vienen!" -gritaba alguno. Todos gritaban, todos habían oído. Se acercaba sorda­mente el rumor de unos galopes; se agrandaba, temblaba ligerísimamente la tierra; llegaba ya el esfuerzo de los caballos. Todo el mundo inmóvil sobre los estribos, sobre sus ansias; sobre los montes el crepúsculo de oro; y entre los montes melenas desgreñadas, ropas revueltas, ojos anhelantes, párvulas fatigas y un aire azul y la impaciencia a punto de romperse cuando surgía de entre los árboles el padre -conteniendo su cabalgadura, cubierto de polvo, la gran barba abierta por el viento, el pecho muy hinchado, la sonrisa suavemente llorosa- seguido de su escolta y de su hijo mayor. Llegaba entre fragores y polvaredas, y el entusiasmo alzaba su grita por parajes recónditos. Les daba encuentro y los llevaba al pueblo. La casa adornada, la mesa puesta, los "antojos humeando". Al día siguiente se cobraba: "Yo ayer los agasajé, ahora les toca a ustedes". Y se pasaba el día esperando la cena. Y así éstas eran dos fiestas seguidas. Los jefes políticos, injustos y crueles, eran odiados dondequiera. Durante la Revolución, quien pudo se co­bró terriblemente los agravios. Pero mi abuelo era un hombre amable. Sabía conciliar los intereses, ser media­dor entre el gobierno y el pueblo. Y éste respetó su casa, cuidó su simiente, lo recordó muchos años. Cuando mi padre lo era ya, llegó a una región donde los viejos, por­que recordaban, y los jóvenes, porque habían oído, lo lle­naron de atenciones y alabanzas y preguntando por el suyo, cómo había muerto y cuándo; y decían: "Aquí es­tuvo el Jefe, de tal padre tal hijo. Se le parece, don Ri­cardo, se le parece; ríe lo mismo, mira igual, como si lo estuviéramos viendo". (Cuando aquél lo cuenta se le tuerce la voz, y adelantando los hombros y desviando los ojos aguados -ya que había dicho: "...después de tanto tiempo", agachada la cabeza y apagada la frase- nos espeta: "¿Eh?" -y sonríe ligeramente.) En San Agus­tín Metzquititlán lo apremiaban: "Quédese, jefe, con nos­otros; nada le hará falta; le damos casa y tierra y sólo nos promete que nunca se irá de aquí". Pero mi abuela quería la ciudad para sus hijos. Allí, y en todos los lugares de su tránsito, don José de Jesús dejó buenos recuerdos.
Se levantaba muy tarde porque se desvelaba entre sus libros; y cuando lo hacía temprano, tronaba su contento yendo de pieza en pieza con grande boruca y canciones de moda, levantando a los muchachos y ordenando el al­muerzo, que, salvo estas raras veces, transcurría con pachorra. Pasaba en el trabajo el día completo. Al anoche­cer, buscaba las tertulias donde conversaba hasta la me­dia oyendo música. Paso a paso iba a su casa; todos allí debían acompañarlo a cenar: hijos y criados, sordos de sueño, invadían la cocina; se hacían lumbres, se echaban tortillas, se calentaban guisados; rabiaban de verlo comer con tanta gana y paciencia, pero nunca protestaron; aunque los que quedan, todavía consideran aquello como una mala jugada.
Era el señor en su heredad. Nunca nadie levantó la voz en su presencia ni discutió sus decisiones. Todos en cierta forma lo ayudaban. Su ejército de hijos y sirvien­tes vivió adivinándole los deseos y cumpliéndole órde­nes. Alguna vez le dio por escribir sus memorias; vivían en tierra caliente, era el verano, y las moscas se le pega­ban a la cabeza, pelada al rape; llama a su hijo menor, le ordena abanicarlo mientras recuerda, y allí: las ideas que no acudían, y el niño sudoroso y colérico con una palma entre los brazos. La familia le fue cosa indispen­sable para vivir; necesitaba verse rodeado de los suyos y tener a quién mandar y a quién reprender y enseñar; lo hacía en todas partes, dentro y fuera de casa, pero creo que era aquí donde mejor lo hacía. A mediodía uno de los muchachos lo esperaba en la puerta con la ropa de hol­gar; después de saludar a los pequeños se cambiaba, dando tiempo a que en la cocina cesara el estrépito de las prisas y las peleas y todos ocuparan sus sitios; se la­vaba, entraba revisando las manos, que los niños mostraban por encima de la mesa, aprobaba el contento, se sentaba, se sentaban los demás, transcurría uno o dos minutos en silencio mientras se enfriaba la sopa, y co­menzaban a comer y los puercos entraban buscando ma­zorcas y armando alboroto con sus hocicos, sin que los mozos osaran echarlos, pues sabían qué bulla lo ponía feliz. "Me gusta que entren y nos empujen, así es el campo." Dormitaba, mudaba su ropa de descanso y mar­chaba al trabajo nuevamente.

(Continuará)

Ricardo Garibay

(México 1923 - 1999)

Ricardo Garibay, en palabras de su amigo Vicente Leñero, fue un autor consagrado apasionadamente a la palabra escrita y oral. Escribió 48 libros entre novelas, cuentos, crónicas, guiones para cine y teatro, reportajes y memorias.
Aunque su gran pasión fue la escritura, la vida lo llevó por multitud de lugares y oficios, desde sus intenciones truncas de ser boxeador, hasta su desempeño como inspector de burdeles y restaurantes, pasando por jefaturas de prensa. La experiencia fue su primera fuente; la segunda, el escuchar. Garibay nunca grababa, todo lo recordaba; esa capacidad singular caló en sus escritos donde da cuenta de las jergas coloquiales.

El coronel (1955) /Parte I

Cuento de Ricardo Garibay

Mi abuelo, hombre de largas barbas y que sabía tantísimas cosas, murió en Tacubaya. Entonces su familia ya no estaba completa: los hijos apasionados se le fueron muriendo porque les dio la gana. Sesenta y sie­te años antes había nacido en Autlán, de ascendencia acomodada y campesina que le metió el gusto por la tie­rra y lo mandó al seminario. Iba y venía; así aprendió desde pequeño lo bueno del viajar, y a vivir entre el re­poso y la violencia de los viajes.
Sólo la muerte logró sujetarlo y no muy frente a fren­te. Una tarde se sintió cansado: eso fue el comienzo. Su cuerpo empezó a deslizarse por una vida calmosa; los hijos mayores sostuvieron la casa. Permanecía en el co­rredor, sentado en el sillón en que ahora yo me siento a escribir, ora tomando el sol, ora leyendo, ora esperan­do; fijaba sus ojos en alguna planta, cruzaba los brazos sobre el pecho y repasaba recuerdos. La melancolía y la enfermedad lo consumieron pronto.
A Tacubaya llegó porque siendo él autoridad en Tecamachalco la víspera de la Revolución, cuatro hombres borrachos armaron un escándalo en la plaza: rayando los caballos gritaban vivas a Madero. Mandó aprehenderlos, les puso una multa de dos pesos y los echó a la sierra. Pero el gobernador lo acusó de connivencia, habló de disolución social y de fusilamientos y ordenó su baja. El último año lo pasó en la ciudad y en gran pobreza. Al­guien que lo hubiera visto entonces no creería lo que de él puede contarse. Se tronchó su vigor súbitamente; la muerte se le vino encima con saña envidiosa; le trajo un terrible cansancio y una amargura que le comía las pala­bras; le hinchó la piel, le dio quejumbre y lágrimas y lo mató.
Le gustaba reír con fuerza, abriendo mucho la boca; igual que mi padre, y tanto, que lo confundieron con el suyo cuando alguna vez en la tienda de un pueblo, feste­jando una broma rio, y entró una mujer gozosa:
-¡ Ah el coronel Garibay, ya lo oí, ya lo oí!
Pero viendo que no era, se puso triste y a preguntar por él.
-Vea lo que son las cosas -decía-, tanto que le gustaba la música, y a usted que no le gusta -porque ella era pianista.
Tuvo once hijos: dos mujeres y nueve hombres. De las mujeres la mayor era hermosa y débil, casó con uno que después fue rico y antes viudo, así ella no miró hijos grandes ni disfrutó riquezas; la menor arrastra todavía sus pasitos picudos y su larga nariz, sus ojos, negros y pequeños como arañitas a punto de saltar, sus priva­ciones y su caudal de díceres; su mundo calcinado la ha nutrido de rencorosa fortaleza y de plañidos que no toleran consuelo. Entre los varones las cosas fueron dis­tintas: algunos no quisieron sufrir y los sobrevivientes se encargaron de hacerlo: el carpintero, el pintor, Rober­to y mi padre; la ráfaga muerte de aquellos y los años de estos otros me han dado qué aprender.
Se comía en la cocina, junto a braseros y comales, entre un ir y venir de viandas, mujeres y cuchicheos. Só­lo la voz del abuelo y la de su esposa podían levantarse sobre el palmoteo de las tortilleras; pero eran muchos los hijos, y el alboroto estaba siempre a punto de soltar­se, y él usaba un gran carrizo contra las majaderías de los más remotos, y las manos contra las de los más pró­ximos; también usaba su voz y sus miradas. La mesa nunca llegó a ser un verdadero zafarrancho.
Quienes lo vieron crecer en Autlán opinaban que te­nía buena cabeza y que sería más que un campesino. An­dando el tiempo él lo demostró; pero también demostró que venía de campesinos.
Salía del pueblo a estudiar y regresaba de vacaciones, y volvía a salir y regresaba. En una de éstas los bandi­dos asaltaron la diligencia. Dentro de las botas, que estrenaba, su madre le había escondido una onza de oro. Le quitaron su equipaje, le pegaron porque lloraba y aca­baron fijándose en las botas. Al zafárselas cayó la onza de oro. "¡Ah el sinvergüenza, miren dónde la traía escondida!" -y lo dejaron pobre y sobándose los car­denales-. El cochero quería que regresara con unos arrieros; pero él se empeñó en seguir como todos, ya sin peligro de ser robados. Llegó a la escuela medio desnu­do y silencioso. Vino contándolo cuando era mayor, con mucha risa y asombro de aquel rubor que le daba porque en su casa conocieran la anécdota.
Sabía latín y francés y sabía mandar soldados.
Muy joven entró al colegio militar y era capitán cuan­do el Sitio de Querétaro. Con lo que allí pasó compuso un libro y un enjambre de pequeñas historias que las gen­tes le fueron pidiendo. Él, de viejo, leyendo la versión oficial, corregía burlonamente: "No, no fue así (pegaba la lengua al paladar separándola con un ligero chasquido y movía la cabeza: '¡Estos partidos...!'), porque fulano dijo..." Y mi padre me contaba que le contaba:
-La noche anterior al día del asalto, se mandaron afilar los sables; chillaban de filo y relampagueban los sables en medio del trajín. -Y me imagino la noche cortada por mil reflejos.
Querétaro le sirvió más tarde: yendo en el tren de un pueblo a otro tuvo hambre y nada qué comer, y dos vie­jas le hicieron plática y él abusó de aquella su memoria y de su encanto contándoles, y las viejas hacían mil re­milgos y suspiraban: "¡Ah, perteneció usted al ejército decente!" -y lo convidaron y lo ayudaron a llevar el viaje.
Muchas simpatías y buenos tratos ganó mi abuelo con su palabra. Discurría, según me imagino, como lo hace mi padre; aunque tal vez mejor porque tenía letras y porque siendo mi padre un señor, el suyo lo era en mayor medida; le ayudaba su tiempo y sus increíbles ojos de brujo o de rey moro, y sus latines, sus barbas, sus vigilantes soldados. Esperando el cometa de Haley, pasó una noche en la huerta contando sus andanzas, y los hijos se olvidaron de dormir escuchándolo. Cada media hora mandaba a alguno a ver, se removían todos, salía ese disparado, escudriñaba el cielo y regresaba gozoso: "No hay nada, es muy temprano". Al principio la madre se opuso; pero acabó llevándoles café caliente y cobijas y apretando más la rueda. No vivió sin criados ni peligros, pero hizo la herman­dad y la paz por donde anduvo.
Su oficio lo sacaba de las aldeas y lo metía en las al­deas, le daba amigos y se los quitaba, le hacía ver los paisajes de su país y los hombres y los quehaceres, y ma­nantiales perdidos y caminos sin fin. Su mirada se hizo de esto dulce y dura, su voz, extensa y apretada, su ade­mán, tranquilo e iracundo. Se fue tostando su piel por el sol y el aire de todos los lugares, se fue animando su ser y acrecentándose.
Era coronel y era valiente. Y era tan valiente que se bañaba tarareando canciones cuando en Jacala lo ataca­ban los serranos. El gobierno expropió los terrenos de la sierra. El pueblo empezó a temer y a emigrar; pronto hubo sólo unos cuantos; los comercios, cerrados; las ca­lles, quietas. Los soldados huían de noche. Por las afueras merodeaban indios solos algunas tardes. "Van a venir" -decían los que quedaban. El abuelo mandó a su hijo mayor a la casa de un vecino y se encerró en el edificio del gobierno con veinte o treinta -entre soldados y ci­viles-, armas, parque, medicinas y alimentos. Desde las azoteas, tumbados boca abajo, los centinelas sor­prendían carreteras de puntos allá lejos, o el humo de al­gún fusil que disparaba, o el trote que bajaba hasta el pueblo y esperaba la oscuridad para asomarse a todas las ventanas. Veían pasar al hombre debajo de ellos, pe­gado a la pared y corriendo silenciosamente, o lo veían aguantar la lluvia de toda la noche mirando a donde estaban. En las mañanas cruzaban los arrieros volvién­dose hacia las puertas cerradas. Así varios días con sus noches, hasta que en una recibieron recado: "Para el al­ba. Por el lado de arriba. Van todos". Dicen que no durmieron, pegados a los pretiles de la azotea, y que el Coronel, con su luz encendida, estuvo leyendo hasta muy tarde; que al fin en la madrugada empezó la cosa, pero de muy lejos; y fue clareando el día y no veían nada, y que a eso de las seis, ya el sol calentando, se dieron cuenta: bajaban por el cerro como hormigas, co­mo si se desgranara el cerro, todavía muy chiquitos cuando fueron al Jefe y lo despertaron y aquél empezó con sus costumbres y los soldados urgiéndolo mientras se bañaba; bajaban gritando, subían gritando, bajaban a golpear la puerta. "¡Jefe, ya vienen!", y él se rasuraba; por la ventana blanqueaba la sierra, y él se enjugaba pa­cientemente con la toalla; que subió con los otros y se tirotearon siete días y siete noches sin dormir, sin aban­donar los puestos y dándose ánimo con injurias y gritos roncos; y que tuvieron a raya a los serranos hasta que llegaron federales a perseguirlos.
El Coronel fusiló a mucha gente, y en Jacala lo odia­ron. Fue trasladado, pero años después, ya nacido mi pa­dre -que lo vio-, hubo de regresar, y era la muerte segura. Iba a caballo por el monte una tarde acompaña­do de algunos, cuando al llegar a un claro un ranchero que labraba se le quedó mirando: paró la yunta, sacó su pañuelo para limpiarse la fatiga, dio vuelta haciéndo­se sombra con un brazo, abriendo las piernas y palpán­dose con la otra mano la cintura. "Si lo ven, se avisan y usted no sale de allá" -le habían dicho a mi abuelo. El hombre fue acercándose. El Coronel iba al paso y apretó la rienda de modo que el caballo, más que caminar, se balanceaba adelantando apenas. Clavó sus duros ojos en el que se cerraba. Ya a unos cuantos metros. Los que venían detrás se pusieron tiesos y regaban la vista bus­cando, tiraban de las riendas, y el estrépito de bestias contenidas llenaba el paraje. La cara del Coronel era de piedra, y sólo sus ojos, allá en el fondo, chispeaban.
-Qué ¿no es usté el coronel Garibay?
De altanero, el hombre se hizo diminuto sobre los surcos; se suavizó su mirada; se iban colgando sus la­bios.
-Caray -dijo-, qué tompiates tiene usté -porque creían que nunca regresaría.Un jornalero, porque lo agraviaron, tuvo que ver con el dueño del rancho donde trabajaba. Se cruzaron pala­bras. El dueño se fue a su casa y el peón se fue a espe­rarlo. Con paciencia logró hallarlo solo y allí lo apuñaló. Fueron corriendo al Jefe. Salieron todos, aprehendieron al ruin, y armando una camilla echaron hacia el pueblo vecino con el herido, a ver un médico. Muchos los acom­pañaron hasta la salida. Después siguieron solos: mi abuelo adelante, dos soldados atrás, y enmedio cuatro hombres cargando el toldo; uno de ellos era el heridor. Caminaban. Iban por la margen de un rio bordeado de interminable hilera de eucaliptos. Rumoreaban las fron­das; el agua chapaleaba apenas contra las piedras del rio. Llegaban ruidos de labranza, voces de animales. Se topaban con alguna lavandera -anudada su trenza hú­meda sobre la nuca, enrollado el vestido hasta los mus­los- que se azoraba viendo la carga y: "Vayan con Dios..." -decía, para volver al sube-y-baja de su ta­rea-; y con algún arriero que se paraba descubriéndose mientras pasaban: "Vaya con Dios l’amo..." A ratos se juntaba la orilla con el bosque y habían de seguir por las veredas largo trecho. Descendían. Se despejaba el paisa­je en algún valle: tierras surcadas, tierras de tiernas matas, tierras de humedad, de sol, de dueño agonizante. Volvía a incrustarse la margen entre sembradíos; se ten­día bajo los eucaliptos largamente.

(Continuará)

El principito (Parte VII y última)

Cuento de Antoine de Saint-Exupéry

XXVI
Al lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras. Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo oí que hablaba. -¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud! Alguien le respondió sin duda, porque él replicó: -¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar! Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y sin embargo, el principito replicó de nuevo. -¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche. Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada. El principito, después de un silencio, dijo aún: -¿Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho? Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender. -¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme! Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a una persona en menos de treinta segundos se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero ruido metálico. Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve. -¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes? Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo que muere a tiros de carabina. -Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra... -¿Cómo lo sabes? Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo. No respondió a mi pregunta, sino que añadió: -También yo vuelvo hoy a mi planeta... Luego, con melancolía: -Es mucho más lejos... y más difícil... Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin que fuera posible hacer nada para retenerlo. Su mirada, seria, estaba perdida en la lejanía. -Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo también el bozal. Y sonreía melancólicamente. Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a poco: -Has tenido miedo, muchachito... Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura: -Esta noche voy a tener más miedo... Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto. -Muchachito, quiero oír otra vez tu risa... Pero él me dijo: -Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado... -¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una pesadilla? Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo: -Lo más importante nunca se ve... -Indudablemente... -Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche. Todas las estrellas han florecido. -Es indudable... -Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te acuerdas? ¡Qué buena era! -Sí, cierto... -Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo... Y rió una vez más. -¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa! -Mi regalo será ése precisamente, será como el agua... -¿Qué quieres decir? La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecitas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido... -¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír! Y rió nuevamente. -Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada... Y se rió otra vez. -Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír... Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio. -Esta noche ¿sabes? no vengas... -No te dejaré. -Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...! -No te dejaré. Pero estaba preocupado. -Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto... -He dicho que no te dejaré. Pero algo lo tranquilizó. -Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura... Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba con paso rápido y decidido y me dijo solamente: -¡Ah, estás ahí! Me cogió de la mano y todavía se atormentó: -Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad. Yo me callaba. -¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado. Seguí callado. -Será como una corteza vieja que se abandona. No son nada tristes las viejas cortezas... Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo: -Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas las estrellas me darán de beber. Yo me callaba. -¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes... El principito se calló también; estaba llorando. -Es allí; déjame ir solo. Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún: -¿Sabes?... mi flor... soy responsable... ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra todo el mundo... Me senté, ya no podía mantenerme en pie. -Ahí está... eso es todo... Vaciló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no pude moverme. Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente como cae un árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.

XXVII

Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio". Al correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles... Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero; no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto: "¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quizás el cordero se ha comido la flor..." A veces me digo: "¡Seguro que no! El principito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero". Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente. Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en lágrimas... Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo habrá cambiado si en cualquier parte, quién sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha comido una rosa... Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia... ¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante! Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego. Mírenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún día, viajando por África cruzan el desierto. Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él! Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen tan triste!

FIN

http://www.franciscorobles.com.ar/libros/principito/

El principito (Parte VI)

Cuento de Antoine de Saint-Exupéry
XXII
-¡Buenos días! -dijo el principito. -¡Buenos días! -respondió el guardavías. -¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito. -Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda. Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías. -Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan? -Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías. Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso. -¿Ya vuelve? -preguntó el principito. -No son los mismos -contestó el guardavías-. Es un cambio. -¿No se sentían contentos donde estaban? -Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. -¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito. -No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios. -Únicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que viene a ser lo más importante para ellos y si se las quitan, lloran... -¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.
XXIII
-¡Buenos días! -dijo el principito. -¡Buenos días! -respondió el comerciante. Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber. -¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito. -Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. -¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? -Lo que cada uno quiere... " "Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."
XXIV
Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua. -¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente! -Mi amigo el zorro..., me dijo... -No se trata ahora del zorro, muchachito... -¿Por qué? -Porque nos vamos a morir de sed... No comprendió mi razonamiento y replicó: -Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro. "Es incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..." El principito me miró y respondió a mi pensamiento: -Tengo sed también... vamos a buscar un pozo... Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha. Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente. -¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente: -El agua puede ser buena también para el corazón... No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo. El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo: -Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve... Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna. -El desierto es bello -añadió el principito. Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio... -Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio... Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazón... -Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible. -Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro. Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible..." Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una racha de viento puede apagarlas... Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.
XXV
-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces se agitan y dan vueltas... Y añadió: -¡No vale la pena!... El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no había ningún pueblo y me parecía estar soñando. -¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda... Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho. -¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta. No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije: -Déjame a mí, es demasiado pesado para ti. Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro. En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol en el agua agitada. -Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber... ¡Comprendí entonces lo que él había buscado! Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de Navidad. -Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan. -No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua... -Sin duda, respondí. Y el principito añadió: -Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón. Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste? -Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a mi. -¿Qué promesa? -Ya sabes... el bozal para mi cordero... soy responsable de mi flor. Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo: -Tus baobabs parecen repollos... -¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs! -Tu zorro tiene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas. Y volvió a reír. -Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas. -¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden. Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido: -Tú tienes proyectos que yo ignoro... Pero no me respondió. -¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra... Y después de un silencio, añadió: -Caí muy cerca de aquí... El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza. Sin embargo, se me ocurrió preguntar: -Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída? El principito enrojeció nuevamente. Y añadí vacilante. -¿Quizás por el aniversario? El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor significaba una respuesta afirmativa. -¡Ah! -le dije- tengo miedo. Pero él me respondió: -Tú debes trabajar ahora; vuelve pues junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde. Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco...
(Continuará)

El principito (Parte V)

Cuento de Antoine de Saint-Exupéry

XVII
Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico. Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútilmente, puesto que tienen confianza en mí. El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena. -¡Buenas noches! -dijo el principito. -¡Buenas noches! -dijo la serpiente. -¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito. -Sobre la Tierra, en África -respondió la serpiente. -¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra? -Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente. El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo. -Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira mi planeta; está precisamente encima de nosotros... Pero... ¡qué lejos está! -Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí? -Tengo problemas con una flor -dijo el principito. -¡Ah! Y se callaron. -¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto... -También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente. El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo... -Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente. El principito sonrió: -No me pareces muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera puedes viajar... -Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente. Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro. -Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro y vienes de una estrella... El principito no respondió. -Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo ayudarte. Puedo... -¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas? -Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente. Y quedaron en silencio.
XVIII
El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada. -¡Buenos días! -dijo el principito. -¡Buenos días! -dijo la flor. -¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito. La flor, un día, había visto pasar una caravana. -¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece. Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto les molesta. -Adiós -dijo el principito. -Adiós -dijo la flor.
XIX
El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más que algunas puntas de rocas. -¡Buenos días! -exclamó el principito al azar. -¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco. -¿Quién eres tú? -preguntó el principito. -¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el eco. -Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito. -Estoy solo... estoy solo... estoy solo... -repitió el eco. "¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco, puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen más que repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba siempre la primera... ".
XX
Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres. -¡Buenos días! -dijo. Era un jardín cuajado de rosas. -¡Buenos días! -dijeron las rosas. El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor! -¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto. -Somos las rosas -respondieron éstas. -¡Ah! -exclamó el principito. Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín! Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para humillarme a mí también... " Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe... ". Y echándose sobre la hierba, el principito lloró.
XXI
Entonces apareció el zorro: -¡Buenos días! -dijo el zorro. -¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada. -Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz. -¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres! -Soy un zorro -dijo el zorro. -Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste! -No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado. -¡Ah, perdón! -dijo el principito. Pero después de una breve reflexión, añadió: -¿Qué significa "domesticar"? -Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas? -Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"? -Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas? -No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito. -Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... " -¿Crear lazos? -Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo... -Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado... -Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas. -¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito. El zorro pareció intrigado: -¿En otro planeta? -Sí. -¿Hay cazadores en ese planeta? -No. -¡Qué interesante! ¿Y gallinas? -No. -Nada es perfecto -suspiró el zorro. Y después volviendo a su idea: -Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo. El zorro se calló y miró un buen rato al principito: -Por favor... domestícame -le dijo. -Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas. -Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame! -¿Qué debo hacer? -preguntó el principito. -Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... El principito volvió al día siguiente. -Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios. -¿Qué es un rito? -inquirió el principito. -Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones. De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida: -¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré. -Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique... -Ciertamente -dijo el zorro. - Y vas a llorar! -dijo él principito. -¡Seguro! -No ganas nada. -Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo. Y luego añadió: -Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto. El principito se fue a ver las rosas a las que dijo: -No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo. Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles: -Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin. Y volvió con el zorro. -Adiós -le dijo. -Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos. -Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse. -Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella. -Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo. -Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa... -Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.
(Continuará)