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Nido de avispas /II de III

Cuento de Agatha Christie /Parte II de III Y Harrison responde al detective: -Se equivoca monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio. -¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido. -No le comprendo, monsieur Poirot. La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder: -Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado. -¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió. -Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañar a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca. -Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado. Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie. -¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca. -La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas. Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño. -¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas? -Langton jamás... -¿A qué hora? -le atajó. -A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás... -¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirle Poirot. Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro. -No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve. Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra: -Sé lo que va a decirme: "Langton jamás...", etcétera. ¡Me aburre su "Langton jamás"! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses! No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y lo consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez. -Unos tres cuartos de hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa. Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto. Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad. Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido le pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot. -¡Ah...! ¡Oh...! Buenas noches. -Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted? El joven lo miró inquisitivo. -Ignoro a qué se refiere -dijo. -¿Ha destruido ya el nido de avispas? - No. -¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues? -He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo. -Me traen asuntos profesionales. -Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme. Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido. -Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos! Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot. -¡Ah, mon ami! -exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra? Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió: -¿Qué ha dicho? -Le he preguntado cómo se encuentra. -Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no? -¿No siente ningún malestar? Eso es bueno. -¿Malestar? ¿Por qué? -Por el carbonato sódico. Harrison alzó la cabeza. -¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?

(Continuará)

Nido de avispas /I de III

Cuento de Agatha Christie /Parte I de III

John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo. Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire. Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba. -¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot! En efecto, allí estaba Hécules Poirot, el sagaz detective. -Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda? -Me siento encantado -aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo. Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas. -Gracias -repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre -.¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no -su voz se hizo plañidera mientras le servían -. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor. -¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón -. ¿Es un viaje de placer? -No, mon ami; negocios. -¿Negocios? ¿En este apartado rincón? Poirot asintió gravemente. -Si, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas. Harrison se rió. -Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar. -Claro que si. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas. Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia. -¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave? -Uno de los más graves delitos. -¿Acaso un ...? -Asesinato -completó Poirot. Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento le invadió. Al fin pudo articular: -No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí. -No -dijo Poirot-. No es posible que lo sepa. -¿Quién es? -De momento, nadie. -¿Qué? -Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado. -Veamos, eso suena a tontería. -En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse. Harrison lo miró incrédulo. -¿Habla usted en serio, monsieur Poirot? -Si, hablo en serio. -¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo! Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo: -A menos que usted y yo podamos evitarlo. Si, mon ami. -¿Usted y yo? -Usted y yo. Necesitaré su cooperación. -¿Esa es la razón de su visita? Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud. -Vine, monsieur Harrison, porque ... me agrada usted - y con voz más despreocupada añadió -: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye? El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo: -Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido. -¡Ah! -exclamó Poirot -. ¿Y cómo piensa hacerlo? -Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío. -Hay otro sistema, ¿no? -preguntó Poirot -. Por ejemplo, cianuro de potasio. Harrison alzó la vista sorprendido. -¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas. Poirot asintió. -Si; es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió -: Un veneno mortal. -Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio. -¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo? -Segurísimo. ¿Por qué? -Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton. Harrison enarcó las cejas. -¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esta sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin. Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar: -¿Le gusta Langton? La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto. -¡Qué quiere que le diga! Pues si, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme? -Mera divagación -repuso Poirot -. ¿Y usted es de su gusto? Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta. -¿Puede decirme si usted es de su gusto? -¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento. -Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted. Harrison asintió con la cabeza. -Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?

(Continuará)